Epidemia en el pantano

Hace mucho tiempo, en el pantano, había una rana con la cabeza metida en un arroyo. ¿Qué estaba haciendo? Pues vomitando. Algo le había caído mal al estómago que le había hecho expulsar toda su cena de libélulas y un par de hongos. Un poco más río abajo, otra rana, también vomitando. Y en el lago donde desemboca el arroyo, otras dos. Y más allá, otra más... ah, no. Ese era un sapo. Todas las ranas del pantano fueron afectadas por una misteriosa epidemia de dolor de barriga. Incluso se llegó a repartir baldes a cada choza de cada aldea del pantano para eliminar sus desechos y de ahí al agua. El ciclo de la vida.

En una de las aldeas, un joven sapo al que llamaban Dripy el loco, trabajaba incansablemente para dar con una solución. Solo durmió unas pocas horas y su única comida fue un par de raíces digestivas, nada pesado que pudiera empeorar el malestar. Había sacado todos los muebles de su choza para dejar espacio a su investigación y, en una de las paredes, colgó un gran mapa del pantano. Saltaba de una esquina a otra del mapa clavando avispas para marcar las aldeas donde había casos de ranas enfermas, con avispas de diferentes colores para cada día.

Dripy llevaba así ya varios días y parecía que iba a seguir por muchos más. Hasta que ya no. Una mañana salió de su casa y fue por toda la aldea saltando de alegría mientras gritaba y cantaba: «¡Lo he descubierto! ¡Finalmente lo he descubierto!». Reunió a todas las ranas y sapos en el centro de la aldea y les contó su gran descubrimiento.

—Seguro se preguntan por qué los reuní aquí —comenzó a decir Dripy, intentando contener la emoción.

—Más te vale que sea importante. No es bueno interrumpir a un sapo y su balde —lo interrumpió alguien del público. Toda la audiencia traía consigo un balde. Algunos estaban vacíos y otros no tanto, pero todos tenían un asqueroso aroma.

—Claro que es importante. Esta podría ser la noticia más importante de esta era. —Dripy carraspeó antes de continuar— ¡He descubierto la causa de la plaga!

Al contrario de lo que se imaginó, el público no reaccionó aplaudiéndole ni celebrando. Solo estaban allí parados sin decir una palabra con algún vómito rompiendo el silencio.

—Como iba diciendo —prosiguió—, gracias a mi ardua investigación, descubrí que la plaga comenzó a extenderse desde las montañas río arriba —mientras hablaba, desenrolló el mapa que traía mostrando las marcas con avispas— hasta llegar al lago, río abajo.

La multitud seguía sin reaccionar, algunos incluso comenzaban a irse.

—¿Y eso qué importa? —se atrevió a preguntar uno de ellos.

—¡Me alegra que preguntes! Eso significa que algo en el río vino desde las montañas y nos fue enfermando conforme seguía el caudal. ¡Solo tenemos que dejar de beber de esa agua para acabar con nuestros problemas!

Esta vez no guardaron silencio. Una nube de murmullos cubrió el lugar.

—No lo sé, Dripy —dijo una rana escéptica—. ¿Estás seguro de eso? El río nunca nos ha hecho daño, ¿por qué lo haría ahora?

—¡Yo creo que es un castigo de la dama del pantano! —exclamó otra— Les dije que el ritual de la luna no le iba a gustar.

—¡Es culpa de esos cuervos de las montañas! —interrumpió otro, gritando como un histérico. Llevaba un cono de hojas y lodo en la cabeza, como si fuera una especie de sombrero— ¡Estuvieron rociando veneno mientras volaban sobre nosotros! Incluso hacen que no llueva.

—Pero ayer llovió —le dijo un sapo.

—¡Eso es porque no rociaron ayer! ¡Investiga más!

Cuando vio que se estaban yendo por las ramas, Dripy volvió a explicarlo. Y luego otra vez. Y otra vez. Y otra más. Cuando llegó la tarde, ellos todavía estaban allí, intentando convencer a los aldeanos que estaban enfermos por tomar agua del río. Al final llegaron a un acuerdo: si Dripy los dejaba en paz, ellos iban a dejar de beber agua por una semana. El pobre sapo regresó a su casa, exhausto de tener que explicar lo mismo más de quince veces. Al menos estaba feliz de haber podido convencer a los demás batracios. Tal vez la epidemia termine pronto y puedan volver a sus vidas normales, cuando no tenían que cargar un balde a donde quiera que vayan.

Los días pasaron y el plan de Dripy parecía funcionar. Las ranas y sapos de la aldea dejaron de beber agua del río y empezaron a sentirse mejor, aunque para algunos la abstinencia era más difícil que para otros y más de una vez tuvieron que llevar a rastras a algún que otro batracio que no soportaba seguir bebiendo agua de lluvia y se lanzaba al río de cabeza. «No es lo mismo —decían—. Le falta espumosidad y restos de musgo».

En el quinto día, una rana tabernera tuvo una idea: cerveza, la que ellos llamaban jugo espumoso. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? El jugo espumoso no era agua del río y en ninguna parte de su nombre estaba la palabra agua o río. Así que se puso a trabajar y fabricó litros y litros de jugo con bayas, raíces, musgo, miel de avispa y agua del río (tal vez eso sea un problema) y se dispuso a hacer negocios.

—¡Jugo espumoso, jugo espumoso! ¡Ahogue las penas con una jarra refrescante de jugo espumoso que no es agua de río! ¡A solo cinco monedas! —cantaba paseándose por toda la aldea.

El negocio fue un éxito. Las ranas y sapos hacían filas y se peleaban en las filas para tomar todo el jugo posible antes de que se acabara, lo cual pasó en unas pocas horas. Todos estaban panzones y felices. Algunos se tambaleaban al andar y otras solo se recostaban con la panza arriba. Nada salía mal, hasta que todo salió mal. Un sapo infló su papada, como preparándose para soltar el mejor eructo de su vida, uno de esos satisfactorios eructos luego de una gran cena, cuando te dices «Nada podría ser mejor» y luego eructas. Pero no eso no fue lo que ocurrió. Al contrario, se levantó y, de un salto, fue a meter la cabeza al río. Los demás estaban a punto de sacarlo, pesando que otra vez quería beber agua, cuando se enteraron de la verdad. Estaba vomitando. Otra vez. De pronto, todos los demás batracios, antes hinchados y contentos, saltaron a expulsar todo el jugo que habían bebido. Con sus viejos baldes a mano, fueron a la puerta de la taberna a quejarse con la rana que les había vendido el jugo.

—¡Nos envenenaste! —exclamaron furiosos.

—¡Claro que no! Es el mismo jugo que hago siempre —se excusó la rana.

Eso solo significaba una cosa. La epidemia no había terminado y el plan de Dripy no funcionó. Al menos eso fue lo que pensaron todos, así que lo más lógico que podían hacer era volver a tomar agua del río. Quién diría que una bebida hecha con el agua que les dijeron que no beban, porque los enfermaba, los iba a enfermar. Y así, los habitantes de la aldea volvieron a enfermarse, menos Dripy, por supuesto. Cuando vio lo que estaba sucediendo, casi se muere. ¿Acaso estaba equivocado? ¿Tantos días sin dormir desperdiciados? Sin aceptar su derrota, fue a investigar. Interrogó a la rana de la taberna, preguntándole por los ingredientes. «Pues lo mismo de siempre —le dijo—: bayas, musgo, miel, agua de río...» Cuando Dripy oyó eso, tuvo que resistir las ganas de darle un champiñonazo (un golpe muy fuerte con un champiñón). Y la respuesta no ayudó: «Como se llamaba jugo espumoso y no agua de río, pensé que no habría problema».

Una vez más, reunió a todos en la plaza de la aldea. Muchos se veían incluso más enfermos de antes, por haber tomado tanta agua de golpe, y otros muy molestos por creer que todo era culpa de Dripy.

—Necesito que me presten atención —empezó diciendo—. Cuando les dije que no bebieran agua del río, también me refería a bebidas hechas con agua del río. Todavía necesito tiempo para descubrir con exactitud qué es lo que nos está enfermando.

—Más bien, enfermando a nosotros. —el sapo histérico del cono en la cabeza regresó y saltó al centro del grupo— ¿No les parece raro que Dripy sea el único que no está tan enfermo como nosotros?

Todos asintieron y comenzaron a murmurar entre ellos.

—Creo yo —siguió diciendo— que está aliado con los cuervos de la montaña. ¡Debe tener todos los venenos en su choza!

Esta vez los murmullos fueron más fuertes y el público ahora parecía una turba enfurecida.

—¡Derribemos su choza y terminemos con nuestro problema de una vez por todas!

Dicho esto, la turba se dirigió a la casa de Dripy tomando palos, piedras, hongos y sus propios baldes para destruirla, mientras que el pobre sapo corría detrás intentando evitar el desastre. Era inútil, todos ya estaban tan convencidos que solo un milagro podría hacerlos cambiar de opinión. Milagro que sí ocurrió. Uno de los sapos se apartó del grupo. Iba a vaciar su balde, ya que estaba demasiado pesado como para derribar un edificio de forma cómoda. Cuando Dripy lo vio, la chispa de la revelación brilló frente a él. Finalmente había descubierto la respuesta.

—¡ALTOOOOO! —gritó, como nunca había gritado en su vida. Gritó tan fuerte, que todos se quedaron paralizados del susto— ¡Ya descubrí el problema!

No se veían muy convencidos. La idea de cuervos rociando veneno era más tentadora, pero seguían muy asustados como para hacer algo más además de escuchar.

—¿Desde cuándo tiran el vómito al río? —preguntó.

—Pues desde siempre, ¿dónde más lo tiraríamos? —se atrevió a responder una rana.

Hubo un completo silencio por varios minutos. Los sapos se miraron entre ellos. Luego miraron a sus baldes. Luego miraron al río, y de vuelta a sus baldes. Se miraron entre ellos una vez más. De pronto se oyó un largo «Aaaaaah» de entendimiento seguido de un «Tiene sentido» y todos bajaron sus armas y se fueron a seguir sus vidas normales.

Durante los próximos días, Dripy se la pasó diseñando un sistema para eliminar los desechos y la noticia se extendió por todas las aldeas del pantano. Todos dejaron de tirar sus vómitos y basura al río y, al cabo de una semana, la epidemia solo era un mal recuerdo. Las aguas nunca se vieron tan cristalinas y nunca supieron tan bien como después de implementar el sistema de Dripy. Por si se lo preguntan, el histérico del cono terminó bañado con caca de cuervo. Sus dichos llegaron hasta la montaña y a nadie le gusta que los acusen de envenenar a la gente.

Y esa fue la historia de cómo Dripy el loco salvó a todos los batracios del pantano de tener que llevar un balde toda su vida y pasó a ser llamado Dripy el inteligente.

FIN

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